Extasis

El Vynil estaba abandonado en un flota de discos viejos, en un viejo estante con libros, que al sacudirlo emanaba una pequeña neblina de polvo. Nadie lo escuchaba, ¿para qué? Si era un viejo disco. Todos los demás discos opacaban al Vynil, tocaban sus melodías y ritmos en el plato, pero al plato no le gustaba ese sonido. El plato era nuevo. Los demás discos volvían a bailar en el plato, pero el plato lo repelía; no le gustaba ese sonido ensordesedor. Le gustaba bailar con la melodía y el ritmo del Vynil. El plato ya no toleraba que los demás discos bailaran y bailaran, excepto el Vynil empolvado; nunca bailaba. El Vynil se cohibía con los otros discos, se hundía, casi se fundía. El plato le advertió la mirada. Empezó a girar, seduciendo al disco. El disco ignoraba la invitación, pero, al mismo tiempo, quería bailar.
No tengas miedo –dijo el plato.
El disco se acercó, y, aunque con movimientos bruscos, repuso, no tengo miedo. El plato masculló. Invitó al Vynil a subir. El disco bailaba y se sentía a gusto, nunca bailaba. Los otros discos observaban al Vynil bailar con tanta emoción; no podían soportar tal insulto. Resolvieron Bailar con el decrepito plato que mucho después no habían utilizado. El disco tenía ritmo y melodía que le gustaba al plato, coincidiendo en las vinculaciones. El disco y el plato tocaban y bailaban todos los días. Todos los días. Siempre estaban mezclando música, pero no siempre se ponían de acuerdo. El plato quería movimientos rápidos, un estilo de música espontánea; el Vynil no podía complacer la demanda, sólo disponía de varios género de música. No voy a tolerar eso, rugió el Vynil. El plato sostenía que él era el más importante, él hacía posible que la música se tocase. El disco sostenía que él tenía la música. Entraron a un conflicto de ideas; pero no sabían que los dos eran importantes. Juntos la música era mejor. De súbito, dos manos aparecieron. Una levantó el Vynil y la otra apagó el plato. Era el “dj”. El planteó que ninguno de ellos era importante, él era quien...
El plato y el disco objetaron. Pero el dj insistía que ninguno de los dos llegará a ninguna parte sin él. El Vynil tenía la música; el plato la hacía rodar; el dj mezclaba el Vynil. Se pusieron de acuerdo. Algo falta, dijo la bocina. Sin mí nadie baila, la música no es nada, no tiene sentido, agregó con autoridad. El dj, el plato y el disco se reían a carcajadas. La bocina se reía, también.
Está bien, bocina –dijo el dj moviendo los dedos-. Tú también eres importante. Y recuerda que tú sin nosotros tampoco eres nada. ¿quién podrá hacerte escuchar? Nosotros. ¿quién nos hace escuchar? Tú, bocina. Nosotros somos tres. Contigo seriamos cuatro. ¿te gustaría ser parte de nuestro grupo?.
¡claro! –inquirió la bocina con alegre júbilo.
Empezaron a tocar, juntos, por primera vez. El plato se movía con gran destreza, el Vynil bailaba, el dj coordinaba con agilidad, la bocina emitía: Bum-Bum!!. Se sentían maravillados, pero les faltaba algo: El público. Lo tenían todo, pero no al público; el público le daría sentido a la música. La música, el genero (rave), el público, el party. Las luces se movían alocadamente en todas direcciones, algunas parpadeaban, otras alumbraban el lugar; el público estaba emocionado. Los cuatros fantásticos tocaban su música, brincaban de orgullo.
Ahora se creían que eran los mejores y los más importantes.
Eso no le agradó a la multitud.
Somos los más importantes, dijo el público. El silencio enmudeció a los cuatros fantásticos, nadie decía nada. Dieron cuenta que su música era buena, pero la multitud le daba interés.
- Nosotros somos la música – dijo el dj, al fin.
- Pero nosotros la bailamos – repuso el público.
- Nosotros somos la música y hacemos la música – agregó.
Nadie coincidió quien era el más importante o el mejor. Todos asintieron que uniéndose eran importantes, y juntos podían hacerlo mejor. La música seguía emitiendo el ritmo, y el público bailaba, no se detenían, seguían tocando y bailando.
El público bailaba y se emocionaba más. La emoción, aparte de la música, se debía a la pastilla (éxtasis), que vestía la diversión. No obstante, no hubo revuelo en lo particular al party, porque todos estaban satisfechos, con excepción la pastilla que sostenía que ella llevaba la emoción. A la multitud no le gustó la reacción de la pastilla. No acudieron al bulto; no había necesidad. La multitud ingería la pastilla y, con la música, completaban el asunto. La emoción era genuina, la pastilla lo hacía posible. La pastilla remedió el asunto, pero lo empeoraba, porque la multitud sólo quería bailar con la estimulación de la pastilla. (Ella era la emoción y la música el complemento). Ahora la pastilla era el atractivo. El plato, el Vynil, el dj y la bocina resolvieron quejarse con la pastilla, pero pensaron dejarlo así (Era parte de la emoción). El party seguía en sus aguas y la multitud se reunía. El fármaco, con el tiempo, escaló importante interés en la multitud; al público le interesaba más que la música.
El público consumía cada vez más pastillas; las pastillas se consumían al público. Varias personas de la multitud sucumbían, por causa de la pastilla. El fármaco imponía su superioridad; el público agonizaba; la música perdía interés. La música no podía conectarse al público sin la pastilla, podía, pero no aceptaba. El publico no conectaba con la música, no podía, sin la pastilla. El éxtasis...
La música se hizo menos interesante. La pasión del público sólo llegó al éxtasis.
No tengas miedo –dijo el plato.
El disco se acercó, y, aunque con movimientos bruscos, repuso, no tengo miedo. El plato masculló. Invitó al Vynil a subir. El disco bailaba y se sentía a gusto, nunca bailaba. Los otros discos observaban al Vynil bailar con tanta emoción; no podían soportar tal insulto. Resolvieron Bailar con el decrepito plato que mucho después no habían utilizado. El disco tenía ritmo y melodía que le gustaba al plato, coincidiendo en las vinculaciones. El disco y el plato tocaban y bailaban todos los días. Todos los días. Siempre estaban mezclando música, pero no siempre se ponían de acuerdo. El plato quería movimientos rápidos, un estilo de música espontánea; el Vynil no podía complacer la demanda, sólo disponía de varios género de música. No voy a tolerar eso, rugió el Vynil. El plato sostenía que él era el más importante, él hacía posible que la música se tocase. El disco sostenía que él tenía la música. Entraron a un conflicto de ideas; pero no sabían que los dos eran importantes. Juntos la música era mejor. De súbito, dos manos aparecieron. Una levantó el Vynil y la otra apagó el plato. Era el “dj”. El planteó que ninguno de ellos era importante, él era quien...
El plato y el disco objetaron. Pero el dj insistía que ninguno de los dos llegará a ninguna parte sin él. El Vynil tenía la música; el plato la hacía rodar; el dj mezclaba el Vynil. Se pusieron de acuerdo. Algo falta, dijo la bocina. Sin mí nadie baila, la música no es nada, no tiene sentido, agregó con autoridad. El dj, el plato y el disco se reían a carcajadas. La bocina se reía, también.
Está bien, bocina –dijo el dj moviendo los dedos-. Tú también eres importante. Y recuerda que tú sin nosotros tampoco eres nada. ¿quién podrá hacerte escuchar? Nosotros. ¿quién nos hace escuchar? Tú, bocina. Nosotros somos tres. Contigo seriamos cuatro. ¿te gustaría ser parte de nuestro grupo?.
¡claro! –inquirió la bocina con alegre júbilo.
Empezaron a tocar, juntos, por primera vez. El plato se movía con gran destreza, el Vynil bailaba, el dj coordinaba con agilidad, la bocina emitía: Bum-Bum!!. Se sentían maravillados, pero les faltaba algo: El público. Lo tenían todo, pero no al público; el público le daría sentido a la música. La música, el genero (rave), el público, el party. Las luces se movían alocadamente en todas direcciones, algunas parpadeaban, otras alumbraban el lugar; el público estaba emocionado. Los cuatros fantásticos tocaban su música, brincaban de orgullo.
Ahora se creían que eran los mejores y los más importantes.
Eso no le agradó a la multitud.
Somos los más importantes, dijo el público. El silencio enmudeció a los cuatros fantásticos, nadie decía nada. Dieron cuenta que su música era buena, pero la multitud le daba interés.
- Nosotros somos la música – dijo el dj, al fin.
- Pero nosotros la bailamos – repuso el público.
- Nosotros somos la música y hacemos la música – agregó.
Nadie coincidió quien era el más importante o el mejor. Todos asintieron que uniéndose eran importantes, y juntos podían hacerlo mejor. La música seguía emitiendo el ritmo, y el público bailaba, no se detenían, seguían tocando y bailando.
El público bailaba y se emocionaba más. La emoción, aparte de la música, se debía a la pastilla (éxtasis), que vestía la diversión. No obstante, no hubo revuelo en lo particular al party, porque todos estaban satisfechos, con excepción la pastilla que sostenía que ella llevaba la emoción. A la multitud no le gustó la reacción de la pastilla. No acudieron al bulto; no había necesidad. La multitud ingería la pastilla y, con la música, completaban el asunto. La emoción era genuina, la pastilla lo hacía posible. La pastilla remedió el asunto, pero lo empeoraba, porque la multitud sólo quería bailar con la estimulación de la pastilla. (Ella era la emoción y la música el complemento). Ahora la pastilla era el atractivo. El plato, el Vynil, el dj y la bocina resolvieron quejarse con la pastilla, pero pensaron dejarlo así (Era parte de la emoción). El party seguía en sus aguas y la multitud se reunía. El fármaco, con el tiempo, escaló importante interés en la multitud; al público le interesaba más que la música.
El público consumía cada vez más pastillas; las pastillas se consumían al público. Varias personas de la multitud sucumbían, por causa de la pastilla. El fármaco imponía su superioridad; el público agonizaba; la música perdía interés. La música no podía conectarse al público sin la pastilla, podía, pero no aceptaba. El publico no conectaba con la música, no podía, sin la pastilla. El éxtasis...
La música se hizo menos interesante. La pasión del público sólo llegó al éxtasis.

